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Estos son los ejercicios en Recolectivo
Ejercicio 38: Refranero Popular
Ejercicio 33: Inocentes esperanzas
Ejercicio 31: Sueños de pueblo
Ejercicio 30: Héroes sin calle
Ejercicio 26: Egolatria Desinteresada
Ejercicio 25: Señales del Apocalipsis
Ejercicio 23: Miedo a los niños
Ejercicio 18: Otra forma de morir
Ejercicio 17: 27 de enero, 2059
Ejercicio 13: Recuento de daños
Ejercicio 12: Un toque de mota
Ejercicio 9: Rebelde sin causa
Ejercicio 7: Obsesiones infantiles
Ejercicio 6: Si tuviera una maquina del tiempo...
Ejercicio 4: Asústame panteón.
martes 31 de agosto de 2010
¿Cuando dejaremos de contar?
Mataron a Manuel dos días antes de que renunciara al periódico donde fui reportera durante diez años. Aunque suene kafkiano, esta es la historia de mi renuncia, no de la muerte del hombre que también amé todo el tiempo. Y es que al hablar de mi renuncia, de alguna manera estaré hablando de él, y eso me reconforta. Me hará sentir menos egoista.
El día que murió me tocó la guardia: debía quedarme en la redacción hasta las once de la noche, sola, con el último editor sentado frente al monitor, tecleando mientras yo diluía las horas viendo fotos en facebook y escuchando las transmisiones bruñidas del escaner policiaco a la espera de noticias de último momento. Eran las ocho y cinco de la noche, y oí el reporte de un policía reportando a central, en esos códigos ridículos, el hallazgo de varios cadáveres.
No había ningún fotógrafo; tomé mi cámara y manejé bien adentro del Cañon del Sainz, al sureste de la ciudad, en sus linderos. Antes de llegar a un desarrollo de interés social, luego de pasar dos kilómetros de baldios y basureros clandestinos, de tejabanes podridos, chozas desperdigadas cada cien o doscientos metros, separadas entre si por parapetos de llantas y tablones de cascajo, me hallé a una patrulla que detenía el paso hacía una vereda que descendía sobre un llano insondable, y donde las luces de media docena de vehículos, sus faros y sirenas, y el vaivén de las lámparas de mano, eran el único punto de referencia. Prensa, le dije. Y me dejó pasar.
El camino apareció con las luces de mi auto. Manejé ciento cincuenta metros solo para descubrir que enmedio de los vehículos, en un perímetro de veinte o treinta metros cuadrados estaban apilados, como islotes de carne fusiforme, los cadaveres de un número incalculado de hombres. Ninguna mujer, me dijo un oficial que se me acercó, sin que se lo preguntara. Había también otros cuerpos tirados ahí y allá, víctimas dobles de la pereza de sus asesinos. Uno de esos era Manuel. Lo descubrí enseguida, y fue como si él hubiera querido que así fuera: al tomar la primera foto.
Al comprobar en la pantalla de mi Canon, ahogué el horror y su grito en un mareo inevitable que parecía atornillar mi cuerpo en el llano, entre el salto de luces y los destellos de otras cámaras. Es él, musité. Adentro de mi cámara llevaba también otras fotos que le había tomado. En la última sonreía con la boca y con los ojos, levantando su mentón hirsuto y altanero, con medio rostro ensombrecido y el cabello desordenado cayendo por la frente.
Atónita, continúe tomando más fotos alrededor del perímetro. Llegaron los peritos, llegó el forense. Llegaron también unos de inteligencia militar con unas lámparas enormes que estallaron sobre los cuerpos, emblanqueciendo la sangre y la tierra por igual. Yo jamás perdí el control, me dije. Y tampoco lo perdí ahí. Luego escuché que un militar le preguntó a uno de forense ¿cuántos son? Y el otro le dijo: cuarenta y siete en total.
Me recobré del estupor cuando tuve al editor a lado mio exigiendome la nota. Había regresado al periódico y me decía cosas como: escríbela ya, que ya debemos cerrar edición. Manoteaba, también. Yo asentía asombrada de haber logrado regresar, pero descubrí que no podía teclear, que no había podido escribir un solo párrafo, y que frente mio estaba la luminosidad del monitor, blanca y recalcitrante, como el flash violento que descubrió el cuerpo de Manuel.
¿Qué podía escribir? Que habían hallado cuarenta y siete hombres muertos en el Cañon del Saenz, en un llano baldío, un bolsón inhabitado de Tijuana, en un abrupto entre dos cerros sin nombre, llenos de tropiezos, malezas y espesuras. Hombres anónimos, desconocidos; apilados como ofrendas de terracota y carne. Parias irrelevantes que se apelmazarían en las planchas del anfiteatro de la ciudad, fotografiados para el almanaque de muertos sin identificar. Ahí va el hombre que yo amo, me dije. Y él no es otro número.
No es estadística, no es cálculo, no es una tacha, ni rayón, no es muesca, o una diagonal temblorosa en el cuadernito de corte italiano del policía que escucha atento al muertero contar uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho...
Me negué a escribir la nota más impactante del día. Debía poner el nombre de Manuel completo o escribir nada: anunciar que murió, que todos sepan que el hombre de mi vida había muerto. Que ya no existiría, y que con él también murieron los padres, los hombres, los hijos, los amantes, enemigos, amigos de otros. No eran cuarenta y siete cadáveres. Meneé la cabeza y le dije al editor que no escribiría la nota. Histérico e impaciente, señaló su reloj: las doce y media de la noche. Había retrasado una hora el cierre del periódico. Su rostro iracundo era la frialdad numismática de todos los muertos del mundo enumerados para aparecer en las notas de los periodicos del planeta: cien muertos en Irak, cien más en Somalia, cien otros en Afganistán, cien más en Colombia, otro ciento en México, en Sierra Leona, en la esquina más improbable del mundo, cien, cien y cien, y de pronto miles, y la única muerte del mundo que parecía ayudarme a comprenderlo todo, era la de un solo hombre, uno pequeñito, insignificante, endeble, enterrable, lamentable, hijo de una mujer y un hombre como todos nosotros, y el amor único de toda mi vida.
Era como si el asesinato de un solo hombre fuera la crónica de todos los muertos de este mundo. Una crónica larga, pues los muertos de este mundo se cuentan por miles. Y es muy difícil dejar de contar.
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sábado 28 de agosto de 2010
Pípilas, niños artilleros y esos 15 minutos de inmortalidad

Andy Warhol habló algún día de los 15 minutos de fama a los que todos podríamos aspirar, pero apostamos doble contra sencillo a que el gurú del pop art jamás conoció la historia del Pípila y el Niño Artillero, pues en lugar de hablar de 15 minutos de fama, habría tenido que referirse a 15 minutos que valieron la inmortalidad. Estas dos míticas e inciertas figuras, cuya existencia es puesta en duda por algunos historiadores serios, han quedado tatuadas en la memoria popular y son mucho más célebres que los ideólogos o caudillos culturales del movimiento. Para sostener lo dicho, hagamos una prueba: que levante la mano quien pueda mencionar al menos dos postulados de la Constitución de Apatzingán y el documento Sentimientos de la Nación. Parece que no hay muchas manos alzadas. Venga otra adivinanza: ¿quién fue el licenciado Francisco Primo de Verdad? Parece ser que este señor no es muy conocido. Bueno, vamos con una tercera pregunta: ¿podrían mencionar las diferencias sustanciales entre la obra de José María Luis Mora y la de Lucas Alamán? Todo indica que a este par de intelectuales no les sobran lectores hoy en día. Más de tres décadas dedicadas a disertar en torno al movimiento insurgente y la conformación política de la nueva nación, no fueron suficientes para asegurar un sitio en la memoria colectiva. Como podemos constatar, la dimensión política e ideológica del movimiento insurgente no es muy popular que digamos. Bien, hagamos ahora otra prueba: levanten la mano los que sepan quién fue el Pípila. Uff, hay muchas manos levantadas. Aún los desinteresados en la historia tienen una idea de quién fue este personaje. El Pípila fue un minero que se amarró una piedra a la espalda y quemó la puerta de la Alhóndiga de Granaditas, responderán. Eso sí, mejor no preguntemos cómo se llamaba el Pípila, pues casi nadie sabe, pero eso poco importa. Como Pípila lo conocemos y mal que bien, su imagen es infaltable en las estampitas infantiles y asambleas escolares. Aquí en Tijuana, al igual que en muchas ciudades mexicanas, existe una colonia que se llama el Pípila y quienes hemos tenido la fortuna de visitar Guanajuato, sin duda hemos sudado un poco escalando para llegar hasta el enorme monumento en honor al heroico barretero. Tal vez no sea tan popular como el Pípila, pero sin duda habrá unas cuantas manos levantadas si preguntamos sobre el Niño Artillero. Fue un muchacho que disparó un cañón y logró rechazar a los españoles durante el Sitio de Cuautla, responderán. Al igual que el Pípila, el Niño Artillero tiene colonias y calles en diferentes ciudades mexicanas. Lo interesante del asunto, es que estos dos personajes aseguraron su inmortalidad en los libros de historia por brevísimas pero decisivas acciones en medio de grandes batallas. Unos cuantos minutos bastaron para asegurar su entrada al pandemonio de los grandes próceres nacionales. Tal vez sin esos mitificados instantes de gloria, sin duda alterados por la leyenda, Pípila y Niño Artillero hubieran formado parte de esa inmensa muchedumbre anónima devorada por la vorágine insurgente, pero la historia es caprichosa. Ahora la pregunta que vale la pena hacernos es: ¿existe acaso constancia que certifique la real existencia de estos dos personajes? ¿Sabemos qué hicieron antes y después de sus 15 minutos de heroísmo? La existencia de el Pípila ha dado lugar a no pocos debates. Artemio del Valle Arizpe aborda el tema en su libro “Personajes y leyendas del México virreinal” (Panorama Editorial) en un interesante capítulo que deja una pregunta abierta al lector: ¿hubo pípilas? Citando a cronistas de la época como Lucas Alamán, Arizpe señala que durante la toma de la Alhóndiga de Granaditas, el 28 de septiembre de 1810, hubo combatientes que se amarraron losas a la espalda para poderse acercar a las puertas del granero y prenderles fuego. Alamán habla de varios soldados con piedras amarradas como escudos, no sólo uno. Lo cierto es que pese a no haber abandonado nunca su condición legendaria y mítica, cierta corriente historiográfica se ha puesto de acuerdo en que el Pípila se llamó Juan José de los Reyes Martínez y tan no es una figura de leyenda, que hasta señalan la calle exacta donde nació: Terraplén, número 90, San Miguel El Grande, Guanajuato, fue el lugar donde Juan José de los Reyes Martínez vino al mundo el 3 de enero de 1782. Al igual que miles de guanajuatenses en la época virreinal, se dedicó a la minería y como cientos de mineros del Bajío, se unió al padre Miguel Hidalgo en 1810. Versiones más novelescas lo ubican incluso como compadre del intendente Riaño, defensor y mártir de la Alhóndiga, algo muy poco probable por cierto. En el argot popular, pípila significa guajolote, aunque no se sabe si a Juan José lo apodaban así por cierta similitud física con estas aves, por tener el rostro picado de viruela o por imitar el graznido de los pavos. Tampoco se sabe si fue una espontánea idea suya o si el cura Hidalgo personalmente lo comisionó para que quemara la puerta de la Alhóndiga, lo cual consiguió amarrándose una losa que le sirvió como escudo contra el nutrido fuego que los realistas escupían desde el techo del granero. Lo cierto es que el Pípila quemó la puerta, lo que permitió la entrada de los insurgentes a la Alhóndiga, desatando una cruel masacre de españoles. Respecto al Niño Artillero también flota un aura de leyenda e irrealidad, aunque casi todos los historiadores están de acuerdo en que existió. Su nombre fue Narciso Mendoza y al momento de su hazaña, el 19 de febrero de 1812 en Cuautla, contaba con doce años de edad. Los realistas al mando de Félix María Calleja del Rey lograron batir una trinchera insurgente y cuando su tropa ya penetraba a Cuautla, fueron rechazados por tremendo cañonazo. Para sorpresa de propios y extraños, en la línea de fuego había únicamente un niño. Los historiadores han documentado la existencia de una tropa infantil que apoyaba al ejército del Sur al mando de José María Morelos. Este regimiento de infantes, era comandando por Juan Nepomuceno Almonte, el hijo ilegítimo de Morelos, quien muchos años después sería un acérrimo conservador, promotor del imperio de Maximiliano. ¿Realidad o leyenda? ¿Héroes providenciales o hijos del azar? Paradójicamente, ni uno de los dos fue mártir y ambos sobrevivieron muchos años a la guerra de Independencia, pues murieron por causas naturales ya en edad avanzada. Su recuerdo, es acaso un tributo a las decenas de miles de soldados desconocidos que no tuvieron 15 mágicos minutos para sellar su pasaporte a la inmortalidad.
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jueves 26 de agosto de 2010
El señor Lauro Villar

"Los encargados de enseñarme historia de México eran tontos e incompetentes."
Esa de arriba es una frase recurrente cuando en textos, ahora muy a la mano por el próximo bicentenario, leo de episodios nacionales que los encargados de enseñarme historia en la escuela resumían en dos patadas, quitándoles todo el chiste. Por ejemplo:
"... entonces Victoriano Huerta traicionó a Francisco Madero y lo mandó matar".
fue como un profesor de historia de México me echó a perder la Decena Trágica a la que consideré, mucho tiempo, sólo como un desacuerdo entre un señor de lentes y un chaparrito de piocha que culminó con la muerte del último y tan tan. Transcurrieron años para que me enterara un poco más de lo que había pasado en esos 10 días de balazos y madrazos en la capital del país.
El episodio que más me gusta de la Decena Trágica no lo protagoniza ni Madero ni Huerta, sino un señor con muchos huevos que se llamó Lauro Villar. Su intervención fue fugaz pero decisiva.
Primero los antecedentes:
En la madrugada del 9 de febrero de 1913 oficiales y alumnos de la Escuela Militar de Aspirantes de Tlalpan se apañaron transportes de la estación Tlalpan en los que arribaron al Zócalo. Al llegar, se subieron a la catedral y a los edificios que rodeaban la plaza.
Mientras tanto, el general Manuel Mondragón liberaba a los generales Bernardo Reyes y Felix Díaz (presos por insurrecciones fallidas contra Madero en las prisiones de Santiago Tlatelolco y Lecumberri) y se fueron los tres muy contentos al Palacio Nacional.
Ahora sí va la acción:
Cuando llegaron descubrieron que el general Lauro Villar ya había bajado a zapes de las azoteas y de la catedral a los de la Escuela de Aspirantes y había dispuesto la defensa del Palacio.
Entonces, los sublevados mandaron a un cuate de Mondragón, el general Gregorio Ruiz a hablar con el general Villar para que se uniera a su causa. En respuesta el general Villar lo bajó de su caballo y lo hizo preso.
El general Bernardo Reyes que era cuate del general Villar, ha de haber dicho "mejor voy a hablar yo con él". A lo que los generales Díaz y Mondragón han de haber respondido "ve, aquí te esperamos".
El general Reyes se detuvo frente a la puerta de Palacio Nacional y salió el general Villar. Tuvieron una discusión como la siguiente:.
- Bájese del caballo, general Reyes - dijo el general Villar.
- No me bajo, general Villar - dijo el general Reyes.
- Pues chingue a su madre, general Reyes - dijo el general Villar.
- Pues chingue ud a la suya, general Villar - dijo el general Reyes.
Y cuando el general Villar se incorporó a sus fuerzas, estas abrieron fuego. El general Reyes finalmente se bajó de su caballo cuando cayó muerto a los primeros disparos. La balacera subsecuente mató a más militares y mirones.
El general Villar resultó herido en el cuello y con la clavícula fracturada y lo tuvieron que llevar al Hospital Militar. Cuando Madero llegó custodiado por alumnos del Colegio Militar desde el castillo de Chapultepec nombró como relevo de Lauro Villar a Victoriano Huerta lo que bien podría pasar como una de las selecciones de personal más funestas de la historia de México.
O quizá no, porque en los meses que duró Francisco I. Madero demostró que era muy pendejo gobernando.
Y ya. Esa de Lauro Villar, fue la única acción militar de la Decena Trágica de las que he leído que valió la pena. El resto de las acciones militares fueron entre ridículas y trágicas. Hasta la mentada "Marcha de la Lealtad" que consistió en llevar a Madero de Chapultepec al Zócalo me da la impresión de que fue más una de las últimas pantomimas maderistas para salvar apariencias que un "momento estelar del ejército mexicano".
Pueden leer más al respecto aquí y acá.
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El Crimen Bicentenario.

Mi relación con el cine ha sido, desde que tengo memoria, un vaivén de amor-odio. Sobre todo en un aspecto en específico: los libros convertidos películas. Y recuerdo muy bien uno de los más grandes crímenes que ha cometido Hollywood y que me causo uno de los shocks mas traumatizantes que he tenido en mi vida: El Hombre Bicentenario.
Probablemente muchos vieron aquella película protagonizada por un Robin Williams ya gastado y repetitivo. De entrada, el cuento original de Isaac Asimov ganó el Nebula y el Hugo (que es como ganar el Tony y el Oscar) y está considerado como uno de los mejores relatos de ciencia ficción de la historia. En el, Asimov describe la el viaje emocional -y físico- de un robot que, después de doscientos años de existencia, logra ser considerado legalmente como humano. Asimov logra esto de un modo inteligente e interesante, poniendo al lector en los zapatos del protagonista y haciéndonos partícipe de todos sus conflictos y su lucha interna sobre su condición. Pero cuando vi la película, no podía creer que hubieran logrado convertir algo tan serio -como es el relato- en una burla grotesca. Williams logra una burda parodia del robot asimoviano; patética y "chistosita", y eso sólo por mencionar a uno solo de los personajes, lo en verdad imperdonable fue que cambiaran el corazón de la historia, dándole al final un significado totalmente diferente que desvirtúa completamente el mensaje que Asimov intentaba comunicar.
Desde entonces el mismo crimen contra Asimov se ha repetido con I, Robot, la película con Will Smith y según amenazas, rumores, se volverá a hacer con Fundación y El Fin de la Eternidad.
Yo, por mi parte, ya ni siquiera me molesto por esas barbaridades, para mí, el único Hombre Bicentenario, está acomodado en uno de mis libreros, lo demás, pues bien, hay cosas que es mejor olvidar, por salud mental.
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martes 24 de agosto de 2010
El hombre pequeño y la Nacion
Siempre que pienso en eventos históricos, pienso en la pequeñez del hombre común. Del hombrecito varado en algún punto recóndito de un país, de un estado, de alguna identidad nacional que se convulsiona sin que él se entere o le tenga preocupado.
Pienso en una nota viejísima que apareció en el Pennsylvania Inquirer (el periódico que con el tiempo se transformó en el Philadephia Inquirer), el tercer periódico más viejo de Estados Unidos. El texto fue publicado en 1832 por Jesper Harding, y habla de un hombre de sesenta años que vivía en un punto entre Guanaceví y Santiago Papasquiaro, en Durango. La peculiaridad del viejo era que, todavía once años después, no estaba enterado de que vivía en un país independiente.
Contrario a lo esperado, la noticia que le dio Jesper Harding no inmutó o exaltó al viejo, que se limitó a levantar los hombros y decir que si unos se fueron, otros vendrán, y que lo mejor era seguir trabajando. Harding no hace una descripción exhaustiva del asunto; para él, la ignorancia e indiferencia del hombrecito le resultó escandalizante, y reflexionó: ¿Era esto el verdadero nacionalismo de la joven patria mexicana?
Luego, y situando lo que escribo en el ardid baratísimo del bicentenario, me gusta recordar lo que todavía cuenta mi abuela materna respecto a su padre - mi bisabuelo - que sirvió en el ejercito villista, en el grupo de Ramón Contreras quien fuera, además de su lugarteniente, el guardaespaldas que logró escapar cuando Doroteo Arango fue asesinado.
Cuando se dio la leva y los villistas recogían pueblo por pueblo, en cada casa, a veces al amanecer y otras veces enmedio de la noche, la familia de mi bisabuelo tuvieron que despedirse de éste y de otro hermano para que fueran a pelear a lado de cuatreros, ladrones y asesinos. Su padre, mi tatarabuelo, murió de tristeza creyendo que sus dos hijos mayores se habían transformado en viles bandoleros, y no en soldados de la Revolución Mexicana.
Como él, quizá hubo muchos. Mi abuela narra lo difícil que fue para muchas padres y madres comprender la dimensión de ver a sus hijos reclutados a la fuerza por cuadrillas de lo que a todas luces eran delincuentes, parias y asesinos. Dudo muchísimo que el porte de la división del norte haya poseido una dignidad militar impecable y ecuestre. Era muy lógico que la plañidera materna supusiera lo peor: hijos metidos a la gavilla que probablemente acabarían fusilados o ahorcados.
Como sea, todo lo anterior me hace pensar que el nacionalismo en los sucesos históricos son un agregado que condimenta lo que historiadores, narradores, escuelas, programas educativos, fiestas, fechas, desfiles, profesores, padres y folklore nos meten a marchas pavlovianas. Incluso sin el nacionalismo, muchos dirán que de todas formas fueron fechas gloriosas, y que no hay nada más precioso que leer los detalles de las batallas, de los pasajes, de los diálogos, de las intrigas y valores de este o aquel villano o prócer. Yo francamente no sabría decir si fueron plausibles o si es necesario desmentir o desmitificar a este o aquel personaje o suceso.
Lo que si, es que al pensar en el hombre pequeño, aquel que poco o nada tuvo que ver con los sucesos históricos, y que muere anónimo o indistinto frente a las vicisitudes del todo, una sonrisa llena de ironía me invita a descubrir la enorme cursileria con la que hemos aderezado fechas que, si bien reflexionamos, son amargamente contradictorias con nuestro presente nacional.
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viernes 20 de agosto de 2010
Lluvia de Abril.

Siempre llovía en mi cumpleaños. Podía fallar la piñata, el pastel, los regalos, pero nunca el agua. Las nubes negras siempre llegaron puntuales a Monterrey. En Tijuana en cambio nunca llueve en abril. Su temporada de lluvias, si es que temporada se le puede llamar, es en enero, cuando muy tarde febrero. Eso sí, cada cinco o siete años es con catástrofes diluvianas. Lo de las lluvias primaverales es cosa de tierras regiomontanas.
Desde que vivo en Tijuana nunca ha llovido en mi cumpleaños. Pero de una cosa sí estoy seguro: El 21 de abril de 1988 Tijuana amaneció bajo la lluvia. Todas las crónicas de mis colegas reporteros que cubrieron el hecho, coinciden. Todos, sin excepción, sostienen que esa mañana estaba lloviendo a cántaros. No me he cansado de revisar en hemerotecas lo que publicaron los periódicos tijuanenses del 22 de abril. Los he leído una y otra vez sin cansarme. Saqué copias de todos los ejemplares e incluso los traigo conmigo.
La mayoría de los que eran reporteros en esa época y cubrieron el hecho, hoy son veteranos jefes de redacción que se oxidan en una oficina o simplemente reventaron y se dieron cuenta que el periodismo no ha sido ni será nunca una apuesta de vida. En cambio, en 1988 yo era un adolescente conflictivo al que ni por la cabeza la pasaba dedicarse al periodismo y que tardó once años en saber que en el mundo había existido un columnista irreverente y combativo llamado Hilario Calleja al que mataron en una mañana lluviosa de primavera. Sí, llegué muy tarde al caso, cuando en teoría todo estaba escrito. Tras litros y litros de tinta desparramados en el caso Hilario Calleja, se le considera un tema agotado, condenado a perpetuidad a la página negra que X en la Frente saca cada viernes. Nadie se imagina que yo estoy a punto de hacer que este caso resucite como Lázaro de su tumba y que 22 años después, volveré a poner a Calleja en boca de todos y escribiré el artículo más contundente sobre el tema que jamás se haya escrito. Sólo resta esperar la llamada para empezar a reconstruir los hechos.
Ese día nadie aventuraba aún la hipótesis de Salomón Saha como autor material del asesinato de Hilario Calleja. Mucho menos iban a mencionar el nombre de Alfio Wolf. Se referían únicamente al extraño asesinato de un periodista, emboscado en una calle cercana a su domicilio minutos después de las 9:00 de la mañana. El parte de la Policía Municipal reportaba cuatro impactos de bala sobre el cuerpo de Calleja que quedó tendido sobre el volante de su automóvil, cuyo parabrisas, obvia decirlo, fue pulverizado por los impactos, lo que me hace pensar, aunque no es señalado de manera específica, que el cuerpo del periodista acabó empapado bajo la lluvia. Dos balas en el pulmón, una más en el cuello, sólo una en la cabeza que entró por el pómulo. Muerte instantánea. Testigos anónimos se referían a un estereotípico Grand Marquís de vidrios oscuros y sin placas. Por supuesto, ninguna edición señaló que los asesinos huyeron a refugiarse en el Hipódromo. Eso se sabría hasta después. Y yo, en lo personal, lo sabría mucho después, hasta que llegué a vivir a Tijuana en la Primavera de 1999.
jueves 19 de agosto de 2010
Sin óbolos en el Diluvio.

Detenido a la orilla de un boulevard
Mirando los autos romper la noche.
Mi ventanilla se cubre con una cortinilla de agua sucia cada que un auto cruza por el charco junto al que estoy detenido. Cada que esto sucede, el sonido del agua estrellándose con un tableteo sobre el cristal me hace voltear instintivamente.
A lo lejos, relámpagos iluminan la noche. Las puertas del cielo se han abierto y un diluvio local se nos viene encima. Pareciera que todos los ángeles juntos salieron de sus barracones a orinar, como cualquier soldado borracho.
Intento leer, pero no me concentro. Apago la luz del techo y miro los autos que se detienen junto a mí. Personas que en medio del diluvio aún piensan en comprar aspirinas y botellas agua. ¿Que nadie se da cuenta de que es el Fin del Mundo? ¿En que momento dejamos de temer al castigo divino? Bah, hay peores formas de dejar este mundo que mojándose los pulmones.
Cancelen mi suscripción para la reencarnación, gracias.
El tableteo en mi ventanilla sigue. A mi derecha, a lo lejos, el Aqueronte sigue creciendo, sólo que no hay ningún Caronte a la vista y cada quien la cruza como puede. A diferencia del par de monedas que el viejo pedía, acá se pagan miles de ellas para asegurarse el cruce hacia el otro mundo —el seco—, vía tracción 4x4.
Algunas personas corren despavoridas, como si cayera gasolina. No recuerdo cuando fue la última vez que caminé —no corrí— bajo la lluvia. Supongo que fue hace años, cuando aún no portaba nada conmigo que pudiera perder al mojarse. Creo recordar el chapoteo de unos tenis y una avenida oscura. Creo recordar la hiedra, un sillón y aquella chimenea apagada. Ahí perdí mas cosas en otro tipo de humedad.
Un relámpago me devuelve a la realidad. Un par de fotografías del mundo son tomadas. Un estrobo descompuesto. Los ángeles deben seguir ebrios.
Enciendo el auto y me uno al lento fluir de los vehículos. Me dirijo hacia el Aqueronte. El viejo cabrón sigue sin aparecer. Está bien, no creo que valga la pena pagar por nada de lo que hay del otro lado.
El ocasional tableteo en mi ventanilla se convierte ahora en un golpeteo furioso. ¿Eso es todo lo que tienen? yo puedo orinar mas ruidosamente. Uno pensaría que en el cielo las borracheras provocarían algo más que un pequeño diluvio. Una razón más para hacer reservaciones en otro lado.
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martes 17 de agosto de 2010
El Diluvio Nacional
Me enteré que la Alta y la Baja California se habían hundido porque le marqué a mi esposa y me mandaba al buzón. Mi mujer siempre responde. Vivía con el teléfono metido en el culo. Probablemente ni siquiera lo soltó para nadar.
Le hablé a su hermana y tampoco. Marqué a casa de Alberto, de Rafa, de Heriberto, de Gil, de Sandra, a la mamá de Rafa; incluso marqué a casa de mis hijos, y nada. Encendí el televisor y ahí estaba. Eran las cuatro y media de la madrugada, y la caja tonta anunciaba con voz alarmada de locutor egresado del Iteso, que entre la falla de San Andrés, y sus hermanitas Garlock y Calaveras, el asunto había terminado por colapsarse, para además inundar la costa de Arizona, Oregon, Nevada, Sonora, Sinaloa y Nayarit.
Por supuesto, eran chingaderas. El asunto sucedió cuando yo estaba encumbrado como el narco más poderoso del cártel de Tijuana, y cinco horas antes de sentarme frente a los jefes de los carteles de Sinaloa, el Golfo y Juárez. Si me presentaba ahora con ellos, lo más probable es que se cagarían de risa contemplandome como un rey sin reino. Como padrote sin prostitutas. Y me coserían a balazos, si bien me iba.
Cualquiera entendería que a falta de Tijuana, llegar a cualquier sitio presentando credenciales de jefe de un cártel sin territorio, solo convoca a la pena ajena, o a preguntas dolorosas y tristes como ¿que se siente haber perdido todo?
Consternado entonces porque había dejado de ser capo por razones geográficas que todavía estaban fuera de mi entendimiento, me puse a recordar cuando mi camarilla y yo paseabamos por Tijuana, encamionetados y con mucha coca en el pescuezo, y mujeres para celebrar lo que siempre celebrabamos: ser los dueños de todo. Ahora - me dije - soy dueño de nada. Y ni el dinero que tenía en las muchas lavamáticas bancarias me consolaba. Yo quería mi Tijuana para poder decir: soy el jefe de jefes en esta ciudad, y para trabajar aquí tendrán que hablar conmigo.
En vez de eso salí a caminar por Cuernavaca, y aunque el clima era inmejorable, yo estaba desconsolado. Ya no quería nada con la vida. ¡Ya no tenía territorio que defender! ¿A quien le cobraría derecho de piso si ya no había piso? ¿En que tierra enterraría a mis enemigos? ¿En donde cavaría mis narcotúneles y mis narcofosas? Ay, pobre de mi. De verdad solo quería darme un balazo en el mero corazón. Como se suicidaban los hombres antes. No como ahora, en la cabeza, que quedan con los sesos de fuera y el rostro descuadrado. Eso echa a perder el velorio. La gente se asusta y no luciría el ataud chapado en oro que ya tenía comprado por si las dudas.
Tanto pensaba en darme un tiro al pecho, en el féretro de oro, en los corridos que tocarían, en mi Tijuana hundida o derrumbada en el chingado oceano pacífico, por donde tantas veces llegaban pangas cargaditas de motita, que no me di cuenta cuando me cayó la federal, y si hubiera tenido mi escuadra con cachas de diamantes, me cargaba a más de uno para que de paso me mataran, pero no: la chingada escuadra también se había hundido guardada en mi casota en Playas de Tijuana. Eran, en verdad, chingaderas.
Cuando me presentaron con el chingón del Ministerio Público, también estaba un coronel, sus mandaderos, y un mozo bien vestido que fue el primero en hablar: Don Félix, lo mejor es que coopere. Yo los vi a todos y murmuré: son chingaderas. Al coronel le dio mucha gracia, y me dijo el muy insensible: ora si que se le hundió todo el negocito, don Félix. Y como soltó una risita, todos los demás también se rieron a mis costillas. Ora si puedes decir que eres el jefe del Cártel del Oceano Pacífico, jojojo, jajaja, jijiji. Y entre risa y risa, decían también cosas como: podría reclutar tiburones de sicarios, o ballenas para mover la mota y la coca, jajaja, jijiji, jorjorjor.
Tanto se reían, que me dio mucho coraje, y les dije: A ver, bola de cabrones groseros, y toda la demás gente que se ahogó ¿qué? ¿Por qué no se burlan de ellos? Pero ni así dejaron de hacer chascarrillos sobre mi mala suerte, hasta que el catrín que habló primero, y que ya estaba rojísimo de tanto reir, me dijo, resoplando y recobrándose: Uuuy, don Félix, si para agarrar a cabrones como usted se tiene que hundir todo México, ¡que así sea!
Y todos siguieron riendose. Al final yo también me reí, y es que reirse de la desgracia ajena, aunque sea nacional, siempre es muy contagioso.
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Huevo Luis, nada más. Blogger venido a menos. De niño creía que Chinampa era una ciudad, pero ahora ya no está seguro. Lo acusan de ser un montón de cosas, casi todas ciertas. Él es Luis, nada más.
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Salaverga. Sonorense jocoso con ínfulas de mafioso siciliano. La versatilidad y el garbo de un exiliado voluntario, que a vivencias propias, sabe que puede ser más frío el desierto de un país decadente y avaricioso, que el mismo Rio Bravo en los raudales de agosto.
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Mulder. Mediocre heroe del canal 5. Desempleado de final de temporada. Escritor de lo anormal y cazador de lo paranormal. Valiente captor del Chupacabras. Fiel amante de Scully y perseguidor de extraterrestres furtivos.
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NEB. Publicista frustrado prófugo de los yermos publicitarios y desertor de la semiótica. Amante de lo kitsch y buena onda. De repugnante y nauseabundo sentido del humor.
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Yo soy Ella. Costeñita en el exilio. Alcohólica en proceso con la habilidad para permanecer dormida largas horas ininterrumpidas. Con tendencia a caer y accidentarse. Los internets la odian y ella odia el aguacate.
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Caballero. Televiso y comunicólogo. Locutor y productor de obviedades inherentes. El maestro limpio de los blogs,
autentico portavoz del proletariado con tildes de barrio bajo. Burgués desidioso con aspiraciones de Zabludovsky.
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Kabeza. Monero nacido en el desierto y exiliado en el asfalto. Fuma para esconder el bigote y dibuja porque no le queda de otra. Extraña las tortillas de harina, por eso adopto a la Tía Rosa.
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Plaqueta. Como no daba una socializando ni bailando salsa, tuvo que abrir un blog. Se dice que cuando muera encontraremos sobres de Splenda regados entre sus pertenencias. Ama tanto a los hombres que le gustaría ser uno, aunque la idea de ligar con mujeres la asquea (pinches viejas). Abusa de los paréntesis (por ejemplo).
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Guffo. Su mayor temor es ver a Cepillín sin maquillaje y una vez llego hasta el nivel del pretzel en Ms. Pac-Man. Ha tenido una vida provechosa y llena de triunfos, como podrán darse cuenta.
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Changos. Fiel practicante de la ley del mínimo esfuerzo. Inconforme estudiante de ingeniería. Inconforme hijo de familia. Naco, inculto y borrachín. Torpe y descoordinado. Tipo de pocas palabras y aspiraciones. Indispuesto al desarrollo si este implica abandonar la comodidad de la sombrita.
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Rox. Computita manipuladora. Se le vio por última vez con una caja de cartón de leche Lala en el aeropuerto acosando extranjeros. Señas particulares: Pecas en las nalgas y tendencia a morder. Padece de sus facultades mentales.
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Canibal. Chamaco de rancho. Flaco, prieto, panzón y alcohólico. Cuasimisógino. Amante de la crítica a lo wey y del mundo porno. A veces llora en las mañanas, cuando recuerda la muerte violenta de su perro Jicotillo... pero ya lo está superando.
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LaMaga. Monógama rehabilitada. Sobrevivió al ataque de sus propios tacones teiboleros (ya no hay lealtad en este mundo). Fanática de los cuentos (los reales, los ficticios, los propios, los ajenos y sobre todo los que le han regalado a título personal). Le gustan las películas repetidas y los planes malévolos. Las fuerzas superiores la odian.
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Perdidos en acción.
Falso Profeta. Lanchero Escritor enmascarado de alta nobleza. Blogstar de naturaleza sobrevalorada. Proveniente de modesta cuna pero con afanes de opulencia. Porque su sangre, aunque plebeya, también tiñe de rojo.
Falso Profeta. Lanchero Escritor enmascarado de alta nobleza. Blogstar de naturaleza sobrevalorada. Proveniente de modesta cuna pero con afanes de opulencia. Porque su sangre, aunque plebeya, también tiñe de rojo.
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