miércoles 15 de julio de 2009

Retribución.



     —Míralo, pobre tipo —señaló con la cabeza hacia una mesa del rincón—. No tiene idea de lo que va a pasar.

     — ¿Y cómo puede saberlo? El pobre imbecil estaba tan enamorado que no podía ver más allá de su nariz.

     — ¿Hiciste tu parte? —preguntó mirándola a los ojos sobre la humeante taza de café— No quiero trabajar doble.

     —Claro que sí; la semana pasada conoció a una mujer increíble, cariñosa y lo más importante: que le corresponde. Tuve mucho cuidado con eso; últimamente no he tenido mucho trabajo; no como tú, por lo menos.

     —Créeme que yo más que nadie desearía tener un descanso, pero por tipas como esta tengo que trabajar horas extras. Una desgracia.

     —Mira, hablando del Diablo —dijo mirando hacia la puerta, por donde una mujer entraba apresurada.

     — ¿Lo ves? ¿Ves su rostro? Es esa mirada, esa mirada de hastío, prisa y desdén es lo que me enerva. Viene apurada a decirle que no quiere verlo más. Y ni siquiera le inventará una mentira decente; no le interesa ni le preocupa que sepa que está saliendo con otro —dijo entre dientes sorbiendo su café.

     —No leí el informe completo, esas cosas me deprimen. ¿Qué es exactamente lo que te tiene tan molesta? El sabía en lo que se metía, ¿no?

     —Claro, lo sabía y ese es su problema; no me corresponde a mí juzgar su estupidez. Estoy aquí únicamente por ella; y ni siquiera se debe a que lo haya usado y mantenido en un cruel estira y afloja No, eso es parte de su naturaleza y es inevitable. Estoy aquí sólo por una razón; la fiesta aquella con sus amigas en donde estuvo dos horas jactándose de que podía darse el lujo de escoger quien la amara. Incluso se refirió a este imbecil como su “respaldo en caso de emergencia”. Eso, en mi libro, es cruzar la línea.

     —Supongo que tienes razón. ¿Qué sigue ahora?

     —Bien, tú, con tu hokus pokus, encárgate de que el tarado este no dude ni reconsidere las cosas; refuerza o lo que sea que hagas lo que tiene con aquella que conoció. Yo me encargo de lo demás —dijo bajando la taza y mirando directamente hacia la mesa del rincón.

La pareja estaba sentada frente a frente; él se veía oprimido, abrumado, pero también decidido mientras hablaba. Ella lo miraba condescendientemente con una mueca burlona en la cara, sabiendo, no, creyendo que aún podría controlarlo si se lo proponía. El calló y puso las manos sobre la mesa, esperando.

     —Obsérvala muy bien —dijo con una sonrisa de satisfacción—, esta es la única parte que me agrada. Ella está a punto de sonreír burlonamente y despedirse, observa… ¡Ahora!

En la mesa del rincón, el rostro de la mujer cambio imperceptiblemente; pasó del hastío a la incredulidad y por ultimo, adquirió una luminosidad sorprendida; era el vivo rostro de una epifanía. El mágico momento cuando uno se da cuenta y entiende lo que es el amor.

     —Listo, vámonos.

     — ¿Ya? ¿Eso es todo? ¿No quieres ver lo que va a pasar?

     —No, ¿Para qué? Mi trabajo esta hecho; ahora ella se ha dado cuenta repentinamente que él es el amor de su vida, su otra mitad, la felicidad personificada, blablabla, todas esas cosas. Ahora intentará convencerlo de lo mismo; siguen suplicas, promesas y cantidades industriales de lagrimas; lo usual. Y si hiciste bien tu parte, él ya no responderá a su amor y sólo pensara en la otra mujer y serán felices por los siglos de los siglos Amen. En cambio esta mujer sufrirá por él tal como él lo hizo por ella, hasta que tú decidas lo contrario. Lo cual, si aceptas una sugerencia, espero que no sea pronto.

     —Realmente disfrutas la venganza, Némesis.

     — “Venganza” es una palabra muy fuerte, Tiké; “retribución” me gusta más.


martes 14 de julio de 2009

Interpretando al Matricida



Cuando estudié criminología me gustaba imaginar una historia de venganza en cada uno de los 150 expedientes que el archivo del Centro de Readaptación Social me facilitó para aprobar una materia. El seminario de Sistemas Penitenciarios nos pedía un resumen y un medio perfil en ficha de cada interno, y una vez que el panegírico de delitos y reincidencias te deja de impresionar, la imaginación asume un control blando pero completo.

Y lo primero que imaginé en cada uno de las fotografías malencaradas de tanto criminal atávico eran los niños que alguna vez fueron, y sin precipitarme en sentimentalismos de baja estofa, terminé por imaginar que incluso fueron mis amigos de juegos, de largos paseos en bicicleta, de juegos de futbol y de travesuras e imbecilidades propias de la infancia.

Sin embargo, para aprobar Sistemas Penitenciarios II, era necesario ahora formar un expediente criminológico de al menos veinte individuos, que incluía una entrevista. La idea de platicar con aquellos mocetones me entusiasmaba, y evidentemente sabía que mis ridículos imaginarios de juegos infantiles eran una aproximación solipsista y torpe para entender el origen del mal, o al menos del mal como delito, y del delito como aquello que convierte a un ciudadano en lumpem e inadaptado social. Platicar con ellos fue incluso un preliminar para una aproximación que todavía no me satisface: me cuesta trabajo entender cuando son delincuentes peligrosos y cuando víctimas de circunstancias bien específicas.

Me gusta pensar en dos individuos bien específicos. El primero lloró en cuanto logré que me contara su infancia. Eso hice: me interesaba saber que clase de niños habían sido, incluso antes de leer sus expedientes para evitarme prejuicios. El hombre era de estatura corta, escuálido, feo, muy feo, pero de ojos tiernos y profundos. Tenía algunos tatuajes en los brazos y dos o tres en el rostro pero no parecía pandillero, sino más bien un mendigo adicto al crystal, al crack o al ice, pero no a la heroina. Le pregunté por su madre, pero comenzó hablando de su padre al que acusó de alcoholico y mujeriego. Le pregunté como era su relación con él y fue franco: lo despreciaba por haber abandonado a su madre. Era el culpable de todo lo que sucedió a su mamá, dijo. Volví a insistir con su madre, y evadió el tema hablando de su pareja, a quien acusó de haberlo entregado. No me interesa que me cuentes eso, le dije: háblame de tu mamá.

Su cara de piedra se deshizo y primero gimoteó confundido. Supe que lo había acorralado. No soy psicólogo, así que comprendí el error que había cometido. El tipo podía reventar y molerme a golpes por semejante imprudencia. En cambio, me contó como su madre lo había seducido cuando tenía doce años, cuatro días después de haberlo descubiero masturbandose en el baño. Durante cuatro años fue el amante de su madre, la relación amorosa y sexual más duradera en sus treinta y cuatro años de vida. Le pregunté por qué lo habían detenido: le había robado una podadora a una mujer que lo había contratado para cortar su cesped. Así pagaba su adicción al crystal. Me costó trabajo creer que lo hubieran detenido por semejante nadería. Es que la malilla me desesperó, me dijo, y ya no pudo esperar al final de la jornada por el pago y decidió robarse la maquina.

El segundo hombre era un empleado de almacén que había asesinado a su madre. En cuanto le pregunté por ella, me platicó torridamente que fue una mujer castrante - utilizó esa palabra, lo juro -, controladora, criticona e incapaz de satisfacerse con sus esfuerzos. Lo trataba como si fuera una bestia y un fracasado. Una tarde, después de volver del trabajo, mientras comía, la mujer comenzó a sobajarlo, a reprocharle cosas tan peregrinas que ya ni siquiera las recordaba. Me explicó entonces que después de veinticuatro años respetando a una madre injusta, a una mujer histérica y malvada, era comprensible haber perdido la paciencia y tomar la maquina de coser de la mujer para lanzarsela a la cabeza, con tan buen tino que la noqueó ahí mismo. Luego volvió a tomar el aparato y lo estrelló sobre la cabeza de su madre tantas veces como pudo hasta caer rendido. No era yo quien lo hizo, era otro; yo estaba fuera de mi, me dijo. Y en realidad es probable que sea cierto. Su perfil psicométrico y psiquiatrico describen a un hombre con buen control de impulsos, capacidad de razonar conflictos y problemas y enteramente conciente de lo correcto e incorrecto, de lo legal e ilegal. Físicamente parecía un almacenista de oficina, de esos que amablemente le suben el garrafón de agua a la secretaria guapa del cuarto piso.

No sé quien de los dos cometió un mejor acto de venganza, pues para mi todo delito es una venganza contra el estado y contra la sociedad. Muchos podrían decir entonces que, si tal es el caso, algunas venganzas están injustificadas, pero entonces no estamos asumiendo la visión del delincuente, quien la mayoría de las veces no planea vengarse - porque tampoco es consciente del resentimiento que le guarda a las estructuras sociales - sino simplemente avanzar trasgrediendo el orden de las cosas, provocando una escisión entre ellos y los demás.

Lo que si, es que todos los delincuentes probablemente puedan justificar sus actos, y si ahondamos, tendriamos que estar de acuerdo y sin embargo aplicar la ley. El absurdo entre las venganzas justificadas y aquellas que son exageradas, es cuando no tenemos la capacidad de ponernos en el lugar del delincuente (¿quien quiere ser delincuente o comprenderlo cuando es más sencillo juzgar, castigar y marginar?). Si no ¿cuál de los dos hombres arriba citados hubiera tenido mayor derecho de asesinar a su madre? ¿Y quién pudiera justificar a cuál?

Te lo dije (reflexiones sobre la X la Y)



La mejor venganza podría tener forma de “te lo dije”.

Algo pasó cuando, en medio de la creación, los cromosomas se dividieron en “X” y “Y”. Una falla, algún elemento perdido, hizo que los seres que se quedaron con la carga Y perdieran un talento sensorial, un instinto de supervivencia, una secuencia lógica. Algo quedó atrapado en no sé qué cadena cósmica que hizo que una pizca de sentido común se extraviara; esa, básicamente, ha sido una de las diferencias con respecto a quienes llevan la carga X.

No encuentro otra explicación. Todas las mujeres, y que me diga alguna si no, lo hemos pensado. Algo te pasó mi rey, porque hay cosas que nomás no entiendes. Sí, como cuando te dije que ya no. Ya lo sé; muchas veces antes nos habíamos mandado a la chingada, y habíamos dicho hasta aquí, y al rato yo te buscaba, o tú a mí, o los dos ahí estábamos; siempre había sido así. Pero no quisiste verlo. Te falta ese elemento, ese algo, el instinto perdido. No te diste cuenta de que con cada “hasta aquí” que en realidad no era, algo en mí se iba muriendo y me iba llevando hasta el “ya no”. ¿O sea que cada vez que se arreglaban las cosas, tú pensabas que borrón y aquí no pasó nada? ¿O sea que con tres risas tú olvidas una historia? Lo siento, yo no.

Jugando al juego de la vida me ha tocado ver la misma escena repetida ad infinitum. A veces fui yo la protagonista, a veces alguien más. Invariablemente la X en cuestión, tras meses, tal vez años de irlo construyendo, un día lanza de súbito el “ya no”. El Y, carente de lo que ya sabemos, es incapaz de diferenciarlo de los anteriores “hasta aquí”. Ni en el tono, ni en la intención, ni en la mirada de la X descubre que deveras, que ya no. Se marcha, seguramente busca a sus cuates, se chinga unas chelas y calienta el ánimo mientras la cosa se enfría.

La X en tanto no para de llorar. Reúne la poca o mucha dignidad que le queda; se azota, se martiriza, se enoja consigo misma, se ve tentada a ceder y se va de peda; pero cuando de veras es el “ya no”, no hay vuelta pa’tras. Un día -tal vez semanas, tal vez meses después- se descubre riendo otra vez, más grande, más alta, más jefa, más guapa. Ese día, invariablemente, el Y regresa; y que me diga alguna si no. 

El Y regresa con cara de “ya vine”, y la falta del elemento aquél le impide darse cuenta de que era en serio, que “ya no”. Que tal vez lo ignoraste, que tal vez me hiciste llorar, que tal vez perdonamos otras, que tal vez nos di chance otra vez, que había pasado otras veces; pero te lo dije la última vez, te dije que ya no y tus muchos factores Y no te dejaron ver lo que cualquier X hubiera notado a mil metros.

Ese momento, cuando el Y regresa y se arrastra después del “ya no”, podría sin duda ser la mejor venganza. El problema es que, en ese punto, para la X promedio el “te lo dije” está de más.

lunes 13 de julio de 2009

Venganza cuando te vienes

El cuerpo y la conciencia sólo hacen equipo para vengar nuestros excesos y manías.

Disfrutar de una puñeta es como saborear un duvalín mezclando el sabor chocolate con el de avellana; una jalada es como una melcocha en donde el placer se avienta un tiro con la culpa. El final feliz que supone una masturbación hace relevo con representaciones de arrepentimiento que apenas el tiempo, el sueño profundo, o el tropiezo con otra minifalda, pueden disminuir.

¿Quien de ustedes ha limpiado el semen desperdiciado con un kleenex o con un calcetín pensando que la vida sí es una chulada y no una mariposa negra que va aleteando delitos existenciales? ¿Por qué emerge la sensación de vacío luego de un orgasmo?

En los años 80 nos dijeron que la naturaleza vengaría a Manuela con el nacimiento de un pelo rizado en la palma de nuestra mano que no podríamos rasurar. En ese entonces el cuerpo era nuestro templo, pero no nuestro parque de diversiones portátil. Ukela.

Me pregunto si esa incapacidad de disfrutar el placer sin que aparezca una infracción -real o inventada- no es la mejor venganza de un Dios que está afligido por haber incluido al hombre entre las bestias de su creación.

for (revenge = 1; i < n; revenge++)



Al final de tanta putería terminé con el orgullo destrozado. Aquello que tantos diplomas y menciones en revistas especializadas me había dado, me servía para 2 cosas. Es mi culpa, lo acepto. Me vendí por unos pesos –muchos en realidad- y una casa en Valle de Bravo. El creador del renombradísimo EsCaSoft no era más que un triste reflejo de ese joven que programaba ilusionado en una 386 y que generaba arte en cada línea de C++.

Nací con alta capacidad de lógica y razonamiento matemático. Pero desde el momento en que vi conectarse dos ordenadores utilizando Compuserve, me enamoré. Por eso acepté la beca completa que el TEC de Monterrey da como limosna a los “mexicanos y mexicanos del mañana”. No me importaron los juniors, iba a estudiar Ingeniería en Sistemas de Información en el único campus que en los noventas contaba con red en todas sus aulas.

Debí haberlo advertido desde un principio, pero me negué a dejar lo que en el momento consideré la oportunidad de mi vida. Aborrecía a mis compañeros. Esos snobs hijos de papi que mandaban hacer las tareas y apenas daban para el mínimo. Que con sus coches y gadgets apantallaban a las viejas más facilotas y se cogían a una diferente cada fin de semana en la casa de Valle. Los odiaba y me prometí pisotearlos un día. Hacerles ver que este mugrosito haría más para el software y para México más que todos ellos juntos.

Por eso, me encerré en mí y en mis líneas de código. Programaba hasta dormido y la calidad de mis proyectos era altísima. Me envidiaban hasta los maestros, esos pedantes que creen que una maestría o doctorado los hace verdaderos creadores de software. Incluso, hubo uno que hizo equipos de pruebas para tronar mi programa. Por supuesto, el esfuerzo fue en vano.

Al terminar la carrera, decidí formar mi empresa y durante siete años me dediqué a ello. Mis aplicaciones satisfacían totalmente al cliente y comenzaba a tener un nombre en este competido mercado. Sin embargo, no tenía la habilidad para cobrar y organizar gente, por lo que las ganancias obtenidas nunca me iban a sacar de esta pinche clase media-baja en la que siempre había vivido.

Fue entonces que algún político habilidoso se dió cuenta del gran negocio que era venderle sistemas a PEMEX e hizo la tranza necesaria para que su empresa –arrancada de la petrolera- no requiriera licitaciones. Al frente de la misma puso a su hijo, un grandísimo idiota que conocí en el TEC y que lo único bueno que hizo para la empresa fue llamarme.

Al principio me resistí, sobrellevar a ese yupi retrasado mental requeriría de un cheque quincenal gordísimo. Cuando me ofrecieron el triple, decidí tomarlo como un trabajo “temporal”, para tener un ahorrito al momento de relanzar mi negocio. Total, iba a programar, ¿Qué importaba la silla?

En mi primer día me encontraba en la computadora asignada cuando me pusieron a leer procesos, diseños y estándares que me eran tan lejanos como la teología oriental. Cuando expliqué mis razones para no seguirlo, me dijeron: hazlo tú, propón algo nuevo.

Fue entonces que nació mi hijo más negado: EsCaSoft, Estándar de Calidad en Software. Por supuesto, no soy padre soltero. Las tetas de mi ahora esposa –y sobrina del dueño-me persuadían cada vez que intentaba agarrar un teclado y programar. La creación, generación e implantación del estúpido estándar fue carísima, pero no había problema, el dinero salía directamente de la paraestatal. Teníamos chiche para rato.

Un año y medio después, cuando terminamos de parir el mentado EsCaSoft tenía dos razones para celebrar: Me casaba y por fin iba a programar. Tengo que admitir que lo segundo me ilusionaba más que la posibilidad de tener sexo semanal.

Apenas regresaba de la luna de miel por Europa cuando director general –ahora primo- me solicitó unos cambios “menores” al estándar que consistían en engrosar la línea de producción, justificando así el altísimo costo del software. La solicitud iba acompañada de un par de ceros en el ya abultado cheque, una oficina con vista y el título de “Gerente de Calidad”. Carolina –mi esposa- estaba ya preñada, por lo que el ruego de sus ojitos y la posibilidad de darle a mi hijo lo que yo no había tenido me hicieron aceptar.

Para mi tercer año en la empresa –y segundo hijo en el horno- seguía sin generar una línea de código petrolero. En ocasiones programaba por las noches. Generaba clases impecables que nunca se utilizarían ¿Para que me esforzaba? Crear código perfecto no importaba si no cumplía con todos los estúpidos requisitos de calidad que impuse por conseguir una mamada.

Con la fusión vinieron más sucursales que adoctrinar. En un table dance de Acapulco me di cuenta lo que tenía que hacer: conseguir putas. Gente que hiciera mi trabajo, únicamente me dedicaría a autorizar. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Existe mucha gente ahí afuera con alma de ramera barata que se vende por menos ceros de los que tengo yo en mi recibo quincenal.

Había terminado de armar mi equipo de golfas cuando nació el niño. El evidente retraso mental con el que llegó el inocente, me sumió en una serie de pruebas genéticas que dieron por resultado que yo no era el padre. Me enteré que los primitos se tenían un amor bastante carnal y yo solo fui un medio.

No dije nada. Desaparecí dejando a todos mis hijos bastardos, incluyendo el mentado EsCaSoft que ahora el gobierno impulsa. Tampoco volví a programar. Los escuincles que apenas llegan a los 20 me ganaron el partido. Conseguí un trabajo haciendo presentaciones en macromedia para eventos empresariales y bodas ridículas que entrego en DVD.

Del primo sólo recibí un mail que decía en tono burlón: "No te quejes que sólo te ayudé cumplir la amenaza que me diste en la universidad. NUNCA ibas a programar para mi, ¿Recuerdas?"

Mis clientes dicen que me quedan bien bonitos mis "programas", yo agradezco su consideración.

Tribulaciones Incendiarias




Garantizar la supervivencia moral se basa en no mirar hacia atrás ni hacia abajo. Máxima que se aprende viendo hacia abajo, y cayéndose, o viendo hacia atrás, y retardando el recorrido. Escalando y enamorándose puedo uno entender ambos aspectos con sencillez.

Por lo regular no me arrepiento de lo dicho ni de lo hecho. Cuando me recuesto en mi comodísima cama de dimensiones sobradas, duermo tranquilo. Mi sueño galopa cada día hasta aquello de las 8 de la mañana, y en los días nublados, quizá hasta las 9, sin interrupciones. Sin embargo, aquí pondré sin que sea necesario, cosas por las cuales cualquiera no dormiría.

1. No tener un chile enorme. Sé que hay penes enormes, no hay que hurgar más allá de una película porno inter-racial de aquellas que se traficaban entre las mochilas de secundaria, para saber qué queda fuera de nuestros límites. No imagino qué hubiera sido de mí cargando con 2 libras de aparato sexual por la vida, ni tampoco sí hubiera obtenido mejores calificaciones sexuales.

2. No ser alto. Tuve una novia que me dijo que para ella yo era casi perfecto, que sacaba 9.5 porque simplemente, no soy alto. ¿Dónde estriba el reto en ser alto o no? Lo mismo que guapo o no. En nada. Es solo una cuestión congénita. Por lo regular, la gente realmente alta que conozco, es realmente estúpida y torpe. Con una contadísima excepción de un amigo de mi vieja realmente simpático. Prefiero agilidad, portabilidad y desempeño.

3. Deber unos cuantos cientos de miles de pesos. Hace meses que me dejaron de llamar de American Express, y me sentí desconcertado, y, sinceramente, solo. Les llamé incluso, para ver cómo estaban, y sí habían reconsiderado acerca de su actitud de marcarme a las cinco de la mañana, para llamarme hijo de puta, come cuando hay, ratero y demás ovaciones. Cuando me dejaron de llamar Santander, Inbursa, y Banamex, meses después, sentí que quizá me habían olvidado para siempre, ó, en cambio, habían formado una alianza para secuestrarme. No ha pasado, y vivo tan feliz sin tarjetas de crédito. Pago con monedas y billetes como campesino después de la cosecha. Qué importa ya.

4. No tener dinero para comer. Sí alguno de ustedes ha estado en el embrollo de la bancarrota de lleno, sabrá lo culero que se siente no tener para comer. Quién no haya tenido sensaciones similares, no ha vivido. Y para mí, son unos pinches juniors. Pensar qué hubiera sido sí tuviera lana, ya es una cuestión demasiado absorbente, cuando en realidad estás pensando en comerte lo que queda de mayonesa con los dedos, acompañada de un crutón de ensalada.

5. No tener empleo. Creo que lo peor que puede tener uno, es un empleo formal, así bonito, con tu seguro de gastos médicos, tu horario, tus vacaciones, y tu meta semestral. Realmente es muy difícil para mí concebir ése esquema de nuevo. Me gusta trabajar en calzones, bañarme tarde, y tomar decisiones en shorts. La eficiencia no tiene nada qué ver con la puntualidad ni con la vestimenta.

Y así puedo seguir, pero tengo que cenar algo.

Recapitulando, el tema central es somos quienes somos. Los ejercicios del hubiera sólo me han servido para llorar, para sentirme pendejo, y tristemente, ajeno. La vida ya pasó, y sí tienes más de 12 años te darás cuenta que va pasando muy rápido. Que eres un chaparro, arrogante, mamón, empedernido, idealista de cajón, endeudado y obsoleto. Y que además, si hubiera sido, es porque nunca será.

domingo 12 de julio de 2009

Si hubiera escrito este post el jueves que es el día que me toca



Pobrecito del hubiera, está más gastado que el amor.


Vivir es una sucesión de actos y consecuencias. Por cada decisión que tomas, hay un pudo haber sido que no fue. Otra realidad personalísima en potencia, otra persona que no fuiste, otro del que no te enamoraste. Otro yo encerrado en mi cuerpo, condenado por mis propias decisiones a jamás ser.

Los hubiera están en todas partes. Alguna vez sí he pensado qué hubiera sido si en lugar de estudiar Derecho hubiera estudiado Letras, como realmente quería, y no como mi bruja superficial interna me aconsejó. Eso por ponerles un ejemplo. Pero irremediablemente, más que el músico famoso que no fuimos, el hubiera es las personas que no amamos, las cosas que no nos prometimos, los besos que se quedaron huérfanos en el limbo de la potencialidad.

No soy fanática de la especulación. Para una persona como yo, que racionaliza cada reacción que tiene, fantasear con las posibilidades es un ejercicio inútil, desgastante, y con muchos grados de humor torcido e involuntario. Sin embargo, así como cuelga una pinche maldición sobre mi cabeza por la que siempre recibo explicaciones no pedidas, tengo una maldita suerte para los hubieras, para que me los suelten como cumplidos fáciles, o pick up lines de cinco pesos, he escuchado un montón de es que si te hubiera conocido, es que si las cosas hubieran sido distintas, es que en otras circunstancias, y es que siyohubierasituhubierassielhubiera.

(Siempre llego temprano a la vida de la gente. Estoy muy acostumbrada al equivalente a llegar tarde de mi infierno personal, y es que si lo ven de cierto modo, llegar demasiado temprano es llegar tarde a la ves. Pienso que le retribuyo al universo el conocimiento adquirido a través de mis propias experiencias didácticas con nombre propio).

Les digo, no soy partidaria del "pudo haber sido", no lo acostumbro, más que nada por sentido práctico. De hecho, la única manera en que realmente me gusta cómo suena esa frase saliendo de mi cuerpo es cuando empiezo a escucharlos, cuando empiezan con sus lamentaciones, con sus realidades frustradas, cuando en el momento más/menos indicado puedo sonreír de lado con un "El hubiera no existe corazón". Porque cuando obtienes lo que quieres, las múltiples posibilidades pierden hasta el humor.

Admito que de repente, como cada que se congelan los infiernos, me malviajo, pero digamos que reservo esa personalísima tortura para ocasiones especiales.

¿Qué piensas?
No lo quieres saber


... que si en otro tiempo, en otro momento... pero en otro tiempo, en otro momento, esto no hubiera sucedido, por eso mejor no digo nada, y lo que pienso cuando te veo de esta manera, me lo guardo para mi.

Tengo tantas ganas de quererlo hasta enfermarme, hasta sangrar por las órbitas de los ojos, hasta sellarle con saliva cada hueco de su cuerpo.

Pero no va a pasar.

Y eso es tan, pero tan triste que el hubiera parece a ratos optimista y casi casi hasta viable.

(Eso, por supuesto, lo repito muy quedito, muy a veces y únicamente para mi).

La hija del Caníbal


El 14 de octubre de 2007 en la primera plana de muchos medios impresos reconocidos, (Alarma, Metro, La i, Segunda Edición del Mexicano, y varios más por el estilo), aparecía la fotografía de José Luis Calva Zepeda, (A) “El Caníbal de la Guerrero” o “Poeta Caníbal”, detenido un día antes cerca de su domicilio de donde se había lanzado al verse acorralado por la Policía. En el interior del domicilio, un trozo de carne presumiblemente humana se freía en un sartén. Sobre la mesa, los restos refocilantes de una nalga, no, un brazo de su ahora extinta pareja sentimental eran las tristes bagatelas de una relación amorosa que culminó en homicidio. A decir de algunos agentes de la Policía capitalina, una rodaja de limón exprimido fue la prueba más convincente de que el Caníbal se había echado a su novia y esta vez también en el plato.

Calva Zepeda, poeta y dramaturgo mexicano, tal y como lo describen algunos sitios de Internet, publicó solamente dos tristes obras La noche anterior y La Espera, dejando inconclusa una donde relataba actos caníbales. Estos libros, para mi sorpresa se encuentran disponibles en los tendederos del Chopo, lugar en el que a pesar de haber vivido algún tiempo en el DF nunca visité, más por premuras económicas que por esnobismo inexistente. Ahí estaban, recargaditos uno con otro, impresos en papel revolución con el mínimo diseño editorial en un puesto donde el olor a “chemo” y una reproducción del soporífero Nocturno a Rosario de Manuel Acuña me hacían recordar la Secu 85.

El Caníbal de la Guerrero, pese a sus sobadísimas estrofas, a la agreste sintaxis de sus textos, a la nula posibilidad de trascender con su literatura, se hizo famoso, aunque fuera por sus aptitudes culinarias. Según el DSM IV se trata de un sicópata, igualito que a la “Mataviejitas, pero con la diferencia exponencial de que El Poeta Caníbal era aspirante a escritor, algunos especialistas en la materia lamentan la ausencia de estudios en México que les permita analizar este caso de asesino serial. Serial porque se le atribuyen otras muertes, incluso la de una ex novia pretérita a la que hallaron descuartizada en una caja de cartón cuyo contenido mordisqueaba felizmente un perro. Pero además, lamentan que el suicidio de Calva Zepeda en el interior de su celda, las irregularidades en la averiguación previa y las deficiencias en el sistema judicial mexicano no permitieran darle continuidad al primer caso de antropofagia literaria documentada.


*****
Yo no conocí a mi mamá, esta murió muchos años antes de que yo naciera explica mi padre en un vano intento por convencerme de que no fue precisamente abandono a lo que recurrió mi madre al verse acorralada, no por la Policía, sino por la vida. Mis padres eran felices, supongo. Una pareja rara, pero no por ser un roto para un descosido, sino rara ante el mundo, capaces de cometer los actos más absurdos e irresponsables en su corta vida juntos. Mi padre, al igual que el Poeta Caníbal, escribía poesía y dramaturgia, también vivía en la Guerrero los años inmediatamente posteriores a su exilio, y, como es de suponerse también comía.

Lo que ya fue, no será.



"Lo que pudo haber sido", "Me hubiera gustado haber ayudado", "Hubieras pensado comprenderlo". Esas construcciones de tres o cuatro verbos, pegaditos, para `tratar-d-comunicar´ -lo-deseado, me parecen curiosas. Llaman pronto mi atención, y me detienen a pensar: ¿Cómo puedo hacerlo más pequeño, para evitar que se escuche... bueno, feo? Transformación de "Lo que pudo haber sido" = "lo que pudo ser" = "lo que habría sido" = "lo que no fue".

Loquenofue, a su vez, parece el nombre de un bicho extraño, de esos que se te quedan colgados en el cuello y te muerden. Puedes buscarlo con las manitas. Tallar la mayor extensión de piel posible, creyendo que lograrás atraparlo, aplastarlo y finalmente, happy end, matarlo.

Pero si hablamos del otro bicho: loquepudohabersido, un bicho paradisiáco que se encuentra en las faldas de Brasil. Los científicos suecos han descubierto, nace uno por cada persona que hay en el mundo, y esconde en su jugo insectoril, todas las variantes del futuro de una sóla persona. Sus venas son las ramificaciones de los eventos más sencillos: Cuando decimos no, en vez de sí. Cuando jugamos nintendo, en vez de xbox. Cuando mandamos ese e-mail que dudábamos mandar. Cuando contratamos a la morena, en vez de la blanca y cuando metemos el dedo donde no debemos, en vez de ... no meterlo.

Yo todavía recuerdo cuando los científicos locos y suecos, capturaron a mi loquepudohabersido particular y me enseñaron, en un microscopio de harta potencia, imágenes de mi futuro alterno.

Si en este momento, decidiera estudiar física nuclear por mis propios medios, y tomará dos latas de coca cola seguida mientras leo la evolución de las especies, podría infectar a ciertos seres humanos con propiedades genéticas particulares, para hacerlos mis esclavos y adueñarme del mundo... un mundo hueco por la radiación, y que terminaría de secarse, conmigo sentado en un trono solitario y una sonrisa extraña. Recuerdo que parpadeé ensoñadoramente ese día, le di la mano a todos los científicos suecos locos que me encontré y regresé a casa.

Teniendo tantas oportunidades para descubrir, por ejemplo, que habría pasado con ciertos amores de antaño... que habría pasado de haber dicho las palabras correctas en infinidad de citas para ganarme su anito -SÍ, SU ANITO- de buenas a primeras, o bien, ¿de qué forma puedo conseguir amantes, dinero, fama...? Digo, métodos normales y corrientes, para ser una potencia humana en esta vida. Uno más, pero con ese poquito extra. ¿Por qué escogí ser el único dueño y único destructor del mundo? Bueno, al final dependemos de un destino... de un sólo, único, inexorable, destino ¿será?

Es mi segunda lata de coca cola, y Darwin sigue hablando, de los monos cola roja.

Una Mortal Dosis De Realidad.

Estaba enamorado. Si, eso es lo que pasó. Fuí sin querer a su escuela y sin querer caminamos juntos, hablando de mil cosas y sin querer nos besamos al llegar a su puerta... y me regresé todo el camino flotando, sonriendo como mono de peluche y sintiendo un extraño hormigueo en las bolas. Se me olvidó que hacía apenas unos veinte minutos Pancho "El chupa" me había sentenciado a una madriza por ir con su novia, muy sonrientes, por la calle. Ella lo mandó mucho a la chingada, pero aquel que acepta que la novia encontró a alguien que le gusta más, es de putos. Los hombres bien hombres amenazamos al susodicho y nos reímos en su cara... más si vamos acompañados por otros tres tipos igual de ebrios que nosotros. Pero me valió. ¡Oh, mamá, ella me ha besado!

Así empecé a saber lo que era llamar a la hora convenida, a capotear las preguntas culeras de su mastodontezco hermano y de su madre, más agria que leche cortada en ayunas. Ella era una flor entre espinas, si, y yo era el afortunado que me picaba con ella cada día, al salir de clases. Nos besamos caminando, sentados, frente a sus amigas, frente a mis carnales... nos besamos cada que podíamos y aquello parecía ser un cuento divino. Al menos para mí, ahora provisto de muchos argumentos sensoriales para cuando se me antojara puñeteármela... que era bastante seguido. Y pronto, empezamos con las complicidades más pesadas. Íbamos a mi casa a escuchar el disco de 4 Non Blondes, y agarrando de camuflaje los berridos de la cantante, fué que puse mi boca entre sus piernas. "Ajá, pendejo, ya estás aquí... ¿y ahora que?" - recuerdo que pensé. Ella estaba prácticamente bufando de caliente y yo chupé y chupé hasta que me hice acreedor de la divina retribución, con tal apremio y susto de debutante en aquellas lides, que me tardé hasta la octava rola para tenerla completamente desnuda y tendida en la cama. ¡Cuas!

Cool Spot, Street Figter II (el primerito para Snes) y Final Fight Guy fueron los primeros videojuegos que vendí para comprarle cosas bonitas. Ella si tenía lana, me compró un reloj, una chamarra, una enorme grabadora con CD... reímos sabiendo la connotación de aquel aparato y recuerdo que se me escaldó el pito de tan tremenda erección rozando la mezclilla, pues me aficioné a andar "a ráiz"... ah, y compramos aquellas tres joyas: "August and everything after", "Hints, allegations and things left unsaid" y uno de Marta Sánchez. Si, la neta que chafió mi ánimo metalero, pero al son de "arena y sol... el mar azul, contigo yooooo, conmigo túuuuuu" fué que empecé a forjar mi gusto por el doggy, por el sexo oral, por aquel sentimiento cachondo de dominar, estando arriba y dándole con todo y cada uno de los nervios de mi cuerpo a punto de convertirse en espinas y amenazando reventarme en mil pedazos... más o menos como Spawn.

Los amores, para que sean eternos, deben de ser imposibles, recuerdo que leí por algún lado. Y eso mismo pasó. Ella, enviciada y contagiada de mi reencabronada calentura, empezó a irme a despertar casi todos los días a las seis y media de la mañana. Con su uniforme y sus calcetitas, sus libros y sus donitas para el pelo, que iban a parar al tapete inmediatamente, mientras que bajo las sábanas, sus gruesas y blancas piernas se apartaban para que nos saciáramos... pero siempre hay un "pero"... no supuse que aquellos gemidos y empellones estaban tomando el lugar de las matemáticas y demás yerbas.

Un lunes fué que se le prohibió la entrada a la escuela, hasta que viniera su mamá a firmar su boleta. Ese lunes lloró ella como una magdalena, sabiendo el tremendo castigo que le esperaba, y yo también lloré, presintiendo el final de las cosas. En aquel trance, una vez que llegó el jueves y yo sin saber de ella, fuí a vender el nintendo de una vez y en el brazo derecho, me hice tatuar uno de mis primeros trabajos: Un corazón oldskool con la típica cintita roñosa y la palabra LOVE. Lo porté con tanto orgullo, con tanta pasión, que es increíble que mi historia de amor se halla malogrado, a fin de cuentas. La vi haciéndose chiquita. Cada vez con menos pretextos para vernos, cada vez con menos tiempo libre, quedándonos huérfanos de detalles lindos... ella se fué de mi lado un lunes, y de mi corazón en un mes, cuando, al quererme dejar una cartita explicando sus razones, la encaré y le hice confesar que ya tenía un mejor pretendiente y que a ella le gustaría conocerlo.

Fin. Me fuí a mi casa, y cuando más estaba tirado en la cama, haciendo pucheros como gorila comiendo chamoy, me dí cuenta de algo: Realmente no quería llorar. Puse en nuestra grabadora la canción de "Shine" y me puse a cantar, muy contento. No sabía que iban a pasar todavía muchos meses para volver a tener otra mujer en mi cama. A la fecha, no puedo evitar pensar en lo que pudo haber sido de nuestra historia si en aquel Domingo por la tarde en que ella me propuso fugarnos con sus ahorros a comenzar una vida juntos le hubiera dicho lo que mi corazón me gritaba: "Si".

sábado 11 de julio de 2009

La Virola Enamorada



Me valió madres y me gasté todo el dinero en las maquinitas. Según yo lo haría rendir jugando sólo en las que me consideraba bueno: Karate Champ, Galaga y Arkanoid; pero llegó un morro mejor que yo –creo que era sobrino del dueño de "Las Chispas"- y, entre reta y reta, también me hizo perder las monedas con las que regresaría a casa.

Busqué a unos amigos que horas antes me había topado en el lugar –uno de ellos se acababa de robar el Shadow rojo de su mamá-, pero ya no estaban. No me quedó de otra mas que pedir aventón. Salí del lugar y caminé de espaldas sobre la banqueta: con el brazo levantado y el pulgar extendido. A esas alturas ya había superado la vergüenza de las primeras veces que uno pide ride: esa de que te vea algún conocido o –peor aún- la vieja que te gusta.

Pasaron 20 minutos y nadie se animó a levantarme. Pinche gente. La gente no da "raite" (así dice un amigo) por mamona, no por desconfiada. De hecho, en aquellos tiempos de narcosatánicos, robachicos y viejos del costal, era más osado pedir aventón que darlo, pues existía el riesgo de que nos subiéramos con un pinche-cafre-loco-homosexual-caníbal-depravado-con-piel-de-lagartijo-bajo-la-piel-humana y nunca más volvieran a saber de nosotros.

A la media hora, ya con el brazo entumido, se orilló un coche: un LTD, de ésos enormes que parecen lanchas y salen en todas las películas de los hermanos Almada. El alivio que sentí al pensar que sería rescatado y no tendría que caminar hasta mi casa se desvaneció cuando vi que en el interior del cacharro venía una familia entera: toda amontonada. Chingado.

-Oiga –me dijo con muchos huevos el bigotón sombrerudo que iba al volante-: ¿dónde queda el Club de Leones?
-Ah, sí: está sobre la avenida Terranova –respondí.
-No somos de aquí, no me diga nombres de calles: dígame cómo llegar –aclaró el hombre.
-Ah, ok… mmm, pues mire... se va aquí todo derecho y…
-A ver, mejor súbase y llévenos, cabrón –me ordenó el pinche ruco llevado.

“De esto a nada”, pensé, y me subí como pude a la parte de atrás. Apretujadas y sudando venían un par de señoras muy gordas y muy perfumadas, dos niñas con vestidos y moños de color rosa chíngame-la-pupila y una joven como de mi edad que tenía un ojo virolo y labio leporino; la cual me sonrió de manera grotesca al ver que me sentaría encima de ella, pues las niñas de los vestidos rosas iban en el regazo de las gordotas perfumadas.
El coche arrancó con dificultad envuelto en una estela de humo azul.

-A ver, pinchi chamaco, ¿dónde queda esa chingadera de los leones? -me dijo el conductor.

Con una mano le fui haciendo indicaciones y con la otra detenía el tapiz color vino del techo que colgaba y me tapaba la visibilidad.

Por fin llegamos al Club de Leones. Los pasajeros de enfrente salieron y aventaron los asientos hacia adelante para que pudiéramos salir los de atrás. Me estiré para que despertara la nalga que se me había dormido durante el trayecto y moví el cuello en círculos para no quedar chueco de por vida. Extendí la mano para despedirme del sombrerudo bigotón y darle las gracias por el incómodo aventón.

-No, usté no se va de aquí: mi hija necesita bailador –dijo señalando a la virolita de labio leporino.

Reí con modestia. Pensé que era una broma. Le dije que muchas gracias por la invitación, pero que en casa me esperaban y tenía que hacer tareas escolares. Le volví a extender el saludo, pero Sam Bigotes no estaba bromeando. Agarró mi mano y la apretó con fuerza:

-Usté no se va de aquí, no sea joto; si el baile apenas va a empezar. ¿O le va a hacer el feo a mi hijita?

¡Ay, amachita! Sudé frío. Iba en serio eso de ser pareja de la virolita. Lo que más me preocupaba era que la muchacha ya me estaba viendo con ojos de amor -virolos, pero de amor- después de que me tuvo encima de ella todo el camino. Yo nomás me quedé ahí parado, temblando y barriéndome el sudor de la frente con la mano. Una de las gordas perfumadas –supongo que era su madre- hacía bromas de connotaciones amorosas: decía que después de esa fiesta seguía mi boda con la virolita, que nomás se reía y no me quitaba la mirada de encima -bizca, pero mirada al fin-.

Pero como los dioses nórdicos paganos son muy grandes, resulta que el ranchero bigotón había olvidado las invitaciones del quinceaños en el coche y tuvo que ir por ellas. Fue entonces que aproveché y dije: “Patas chuecas: ¿pa´ qué chingaos son?”, y salí corriendo despavorido.

Nomás escuché los gritos de la virolita –que aparte era gangosa- a mis espaldas: “¡Babáaa, Babáaa! ¡Ed bushasho de jue!”(Traducción: ¡Papáaa, papáaa! ¡El muchacho se fue!) También alcancé a oír que uno de los hermanos -o tíos o primos- que iba en la parte de adelante del coche, dijo: “¡Jijoelaverga, corre como chapulín el desgraciao!”

Para cuando Sam Bigotes reaccionó, yo ya había cruzado dos lotes baldíos y había salido por una calle en contra que daba a un parque.

Corrí y corrí y corrí. Si no hubiera corrido de manera tan cobarde, ahorita estuviera casado con la virolita de labio leporino y Cuasimodo fuera mi hijo el más guapo.

viernes 10 de julio de 2009

Deny, deny, deny.



Por lo barrios bajos de la superación personal y la inteligencia emocional ronda un terrible discurso que se replica con increíble facilidad: el discurso de yo-no-cambiaría-el-pasado. Porque todo lo que me pasó, todo lo que hice y me hicieron es parte de lo que soy ahora. Y ahora soy una persona tan feliz y plena, libre de rencores, con casa, hijos, perros y en perfecta sincronía y armonía con el universo. ¿Por qué querría meterme con el pasado? ¡Ya ni pienso en él! Bueno, pienso poquito; pero sólo para agradecer todo lo que sucedió. Porque aprendí mucho de todo esto y no lo cambiaría por nada... ¡Mentira!

Todos nos arrepentimos de algo. Por más insignificante y ridículo que sea, todos deseamos fervientemente poder borrar un momento - o dos, o tres, o cuatro... - de nuestro pasado. Una humillación pública en la primaria, una conversación incómoda, una riña laboral, una muerte insuperable, un "me acosté con tu padre": siempre hay un suceso cuya inexistencia nos haría la vida mucho más llevadera. Siempre hay algo que cambiar.

El problema es que no podemos cambiar el pasado. Podemos negar, aceptar, sobrellevar, perdonar e incluso olvidar por momentos, pero jamás podremos deshacer lo que hicimos. What's done is done! ¿O no?

Hace tiempo escuché una historia, no estoy seguro que sea verdad - seguramente es una leyenda urbana, o un argumento de telenovelesco en espera de su Juan Osorio - pero aún así merece ser contada. Era la historia de una madre y una hija que, por razones completamente desconocidas y probablemente insignificantes, tenían años sin dirigirse la palabra. El distanciamiento fue resultado de años de discusiones y malentendidos aderezados con algún acto imperdonable y terrible que marcó el final de la relación; lo de siempre.

La historia se complica cuando una noche - porque todo lo malo sucede de noche - la hija sufre un accidente no especificado que la deja con casi todas sus facultades físicas y mentales, excepto la memoria. Por lo que entendí, la mujer estaba consciente de quién era y podía asimilar las nuevas condiciones de su vida; el problema radicaba en que a partir de cierta edad ella ya no era capaz de recordar qué había pasado. Una mujer inteligente y capaz, consciente que de la nada fue desprovista de la mitad de su vida. Una mujer que sabía perfectamente que su mente la traicionaba y nada podía hacer para remediarlo...

Convenientemente, la mujer no recordaba para nada la pelea con su madre y pidió que la llamaran en el hospital. La madre la buscó y como era de esperarse se encargó de ella y sus cuidados de recuperación. La madre también aprovechó para hacer lo que ninguno de nosotros ha podido: cambiar el pasado.

Llenó a la niña de memorias inventadas, viajes imaginados, mentiras piadosas que sanarían heridas milenarias. La madre inventó toda una vida de repaldo en donde las riñas se minimizaban, las penas desaparecían y sólo quedaba una dicha increíble. Una vida en la que ellas, por supuesto, jamás se separaron y fueron algo así como las Gilmore Girls región cuatro. Una serie de engaños perfectamente planeados y friamente orquestados a conveniencia de la madre. La más grande de las manipulaciones, la más terrible de las mentiras, la peor de las traiciones que, curiosamente, a nadie hería sino todo lo contrario.

Desconozco cómo termina la historia, pero poco importa lo que sucedió con aquellos dos seres - probablemente la hija recupera mágicamente la memoria y se entera de la mitomanía pasivo-agresiva de su madre y jura vengarse de ella en la segunda temporada -

Lo importante aquí es lo rápido que todos juzgamos las acciones de la madre en cuestión. Lo que hizo es impensable, es la peor de las violaciones, es el más tétrico acto de egoísmo que hemos escuchado. Es una mentira y no se necesita decir más.

Imaginamos qué pasaría si alguien alterara nuestros recuerdos, si alguien acabara con quienes fuimos y nos moldeara y convirtiera en el objeto de su negación, sin que tuviésemos el poder de replicar. ¿Y que quien nos hiciera esto fuese nuestra propia madre?

Condenamos rápidamente sin siquiera pensar en qué haríamos nosotros de estar en su situación. ¿No deseamos siempre la oportunidad de borrar los errores? ¿No queremos la oportunidad de regresar el tiempo y reescribir parte de la historia? ¿No morimos por el privilegio de reevaluar y recrear nuestra existencia en la memoria de los demás? Si tuviésemos la oportunidad de lograr todo esto, de cometer el más grande acto de negación, de montar la más grande farsa a favor de un pasado más cómodo, de pretender reconstruir todo lo que está más que destruído, ¿realmente la rechazaríamos?

Yo cambiaría el pasado y fingiría un nuevo presente . Yo soy como la madre. Quizás ustedes también...

Esta insoportable aleatoriedad.



La infinita fragilidad de un sexo furtivo en una tarde de verano de los años 70, es el comienzo de la historia de lo que pudo haber sido. Eres improbable; absoluta e insoportablemente improbable. Cierto, la historia de lo que pudo haber sido empieza con los millones de espermatozoides desperdiciados, con todos esos renacuajos que perdieron la carrera y las infinitas ecuaciones genéticas no consumadas. En ese sentido, el universo de los seres interrumpidos es un Aleph superpoblado y sí, podemos empezar a ponernos metafísicos y afirmar que cada ser vivo es una ínfima posibilidad en un millón. La expresión más acabada de la aleatoriedad, dirás tú; un milagro de Dios, dirían los monoteístas. El caso es que somos el colmo de lo aleatorio e improbable, pero no se supone que debamos reflexionar en este espacio sobre la humanidad entera, sino única y específicamente sobre tú historia, la que fue pese a estar destinada a no ser.

Te pido reflexiones un poco sobre el día de tu concepción. De lo único que puedes estar seguro, es que el día en que tus padres cogieron debe haber estado haciendo un calor de los mil demonios, pues Monterrey arde, ha ardido y arderá cada mes de julio y agosto. Si naciste en abril, lo lógico es que te concibieron en verano y siento decirte que en aquella época no había tantos aires acondicionados. Tal vez por eso odias tanto el calor, pues quieras o no, fuiste concebido entre sudores de 38 o 40 grados. ¿Dónde? No fue, en definitiva, en una cama matrimonial o al menos no en la cama matrimonial de tus padres, pues carecían de ella. Fue, posiblemente, en la cama matrimonial de tus abuelos. Puedes descartar también la posibilidad de un hotel, pues un par de mocosos de 17 años difícilmente gastarían en uno. Fue sin duda en una casa que se quedó sola o con una vigilancia adulta lo suficientemente relajada o en un depa prestado por ese oportuno amigo independiente que todos tenemos en la adolescencia, ¿O acaso fue en un carro? Sí, la opción del vehículo es bastante probable si te pones a pensarlo. El asiento trasero de un vochito con alguna rola de The Doors o Iron Butterfly en el estero. Cuánto romanticismo jipiteko. De lo único que puedes estar seguro, es que el de tus padres no fue un sexo monótono y rutinario. Sí, tal vez no fue la súper cogida multiorgásmica del siglo, por la sencilla razón de que los adolescentes raramente tienen el tiempo, el espacio y la experiencia para poder fornicar como el Diablo y Dios mandan, pero al menos puedes estar seguro de que hubo deseo, emoción. El dulce néctar de lo prohibido estuvo presente en tu concepción. Toda cogida adolescente trae consigo poderosísimas cargas de adrenalina. El deseo es a menudo torpe en la acción, pero poderoso en el sentir. Dos chicos de 17 años, hijos de familias más o menos tradicionalistas y con su respectiva carga de represión católica que se animan a probar el sexo, son dos chicos que por lo menos se desean, que desafían, que transgreden. Definitivamente no fuiste planeado, pero al menos puedes presumir ser un hijo de la furtividad, del desafío, del buscar ese momento único y fugaz en que dos adolescentes pueden coger. El sexo teenager está tan lleno de obstáculos e improbabilidades y debe burlar tantas adversidades para poderse consumar, que bastó un mínimo movimiento para que no existieras.

Hoy no serías y tus padres habrían seguido con sus vidas. El suyo habría sido sólo un noviazgo de prepa y al final se hubieran separado, como al final se separaron y tendrían uno del otro tan solo un recuerdo de cariñosa nostalgia. Habrían llegado a la vida adulta, se habrían casado con sus respectivas parejas y tú habitarías en el libro de la historia de lo que pudo haber sido. Pero tu naturaleza de salmón acabó por imponerse. La historia de lo que pudo haber sido no fue. Debe haber sido en septiembre, muy cerca del día en que Salvador Allende se inmoló en el Palacio de la Moneda, cuando tu madre empezó a notar que algo raro pasaba con su cuerpo. Para cuando Jesús Piedra Ibarra y su comando de la Liga 23 de Septiembre acabaron con la vida de Eugenio Garza Sada, sin duda tu madre ya se había hecho a la idea de que vendrías. Cuando los Ramones y Rush grabaron sus respectivos primeros discos, tú estabas naciendo o estabas por nacer y tenías algo así como tres semanas de nacido cuando los Tigres ascendieron a Primera División batiendo a la UdeG. Cumpliste dos meses cuando la Naranja Mecánica de Cruyff inmoló el mejor futbol del mundo en el altar de la efectividad germana en el olímpico de Munich y sí, la historia de lo que pudo y debió haber sido dice que Holanda tenía que ser campeón y tú no deberías estar existiendo ni tus padres debían estar cambiando pañales, sino continuando con sus estudios y sus juventudes sin mayores preocupaciones.

Pero exististe y deja tú eso: lo peor es que todavía existes y tu existencia es una vela en el huracán, un árbol que se aferra a la estabilidad en medio de las tempestades de un mundo que se cae a pedazos, un laberinto de aleatoriedad e improbabilidad. Tu vida es un oscilar entre la idea de la más absurda aleatoriedad y la inmutabilidad de un destino de tragedia griega. Las jugarretas de un azar caprichoso o el designio de una deidad cruel. Un entramado de anárquicas casualidades o el cumplimiento preciso de una profecía. Tu concepción no fue ordinaria ni aburrida y si existes, fue por el cumplimiento preciso de mil casualidades. Tu muerte, sospecho, tampoco será ordinaria y paso a paso, irás cumpliendo cada uno de los aleatorios pasos que te llevarán hacia ese siempre absurdo último momento. Pero esa improbable historia de lo que todavía no ha sido, es harina de otro costal.


jueves 9 de julio de 2009

En la cafetería



Entre las novecientas setenta y siete reflexiones que hago a diario del tipo "elseworld", "whatif?", "¿ysihubiera?", etcétera, las más amargas ocurren cuando estoy entre bebedores de café:

"¿Si tuviera yo el paladar tan atrofiado como el de estos mandriles que me rodean, disfrutaría este potaje execrable que están ingiriendo con jeta de gran deleite?" suelo pensar.

No sé si se deba a que mis papilas gustativas sean producto de un proceso más refinado de la evolución que por el que han pasado las papilas del resto de los comensales de una cafetería. Pero lo que sí sé es que cuando por necedad he llegado a tomarme una taza de café mi reacción instantánea consiste en decir "qué porquería".

No importa si estoy entre árabes sibaritas o finqueros chiapanecos. Lo mismo da si el café viene dentro de un vaso de Starbucks, en una tazota del Bola de Oro, o en un vasito de El Jarocho. Tampoco importa si a la mezcla le agregan chocolate, crema, jarabe, azúcar, canela o los meados de la virgen de Guadalupe; el resultado es el mismo: siento que estoy bebiendo el producto de los riñones de un animal muy enfermo y al borde de la agonía.

Esa incapacidad para disfrutar del café es desconcertante. Yo creía que me pasaría lo mismo que con la cerveza o el vino; bebidas que al primer buche me parecieron detestables, a las siguientes ingestiones se volvieron deliciosas. No obstante, con el café no ha ocurrido así. Cada taza me sabe más horrible que la anterior.

Quizá algún lector despierto entre uds se pregunte ¿y porqué tanto pedo por no poder tomar café? No es el fin del mundo.

Muy cierto. No lo es. Sin embargo mis aspiraciones idiotas de convertirme en intelectualoide de café, por lo tanto, se han visto mutiladas ante mi sentido del gusto que se opone a considerar bebestible un caldo que veo que muchos, no sólo toman con fruición, sino que hasta declaran que necesitan para comenzar a funcionar.

¿Cuántas consideraciones, cuántas reflexiones, cuántas cogitaciones, cuántas cavilaciones no me habré perdido porque no puedo sentarme, como un par culturoso, alrededor de una mesa agarrando una taza de café para arreglar el mundo entre sorbos nauseabundos?

¿Cuántos calzones se me han escapado de bajar cuando me han invitado un café y yo salgo con mi batea de babas de pedir un te de manzanilla?

We could have ruled the world.



Sus ojos azules fijos como joyas de jade, cerrados ahora bajo sus párpados ligeramente lilas. La piel blanca y suave al tacto, como él la recordaba. Toda ella estaba ahí recostada con su belleza irradiando el espectro azulado de luz que iluminaba la habitación. Los labios de un color rosa quemado, casi rojo, que se lucían tan vivos como la primera vez que la había visto. El cuerpo delgado, como esculpido en mármol, de piernas largas y manos delicadas. De su cuello pendía una delgadísima cadena de oro blanco, y de ella, un dije en forma de estrella.

Pasó sus dedos discretamente por su cuello, apenas rozando, como si tuviera miedo de despertarla del ensueño eterno. “Mi estrella”, murmuró mientras sentía como su piel quemaba al contacto con la de ella. Un escalofrío le recorrió toda la espina dorsal hasta llegar a la nuca. Ella siempre había tenido ese efecto en él. Avivaba sus sentidos, era como un depredador que percibía el olor de la sangre. Era… emocionante.

Su cabello largo y rojizo aún relucía con el brillo vivo de su juventud. El perfume era tan dulce, tan obsceno, tan vicioso, tan libre. Con la mano limpia entrelazó sus dedos con su cabello. El aroma explotó en su cara embriagándolo aún más de ella, volviendo su éxtasis más enfermizo y retorcido de lo que ya era.

Un hilo delgado de líquido cálido resbaló por su frente. Él se estremeció al sentirlo entre sus dedos y rápidamente lo limpió con una de las sábanas que estaban tiradas cerca en el piso. Con los labios temblando le besó frente, como lavando el resto de la sangre de su rostro hermoso. Continuó besándola, besó sus ojos, su nariz perfecta. Y se quedó congelado con sus labios pegados contra su mejilla por un largo tiempo, como si quisiera sentir cuando el último ápice de color se escapara de ella.

Poco a poco el calor se fue escurriendo del cuerpo inerte de la joven. La apretó contra su pecho para retrasar la fuga. Él nunca habría querido esto. Por una parte, su belleza parecía más divina que nunca, pálida y consagrada como una diosa intocable. Pero en el otro lado, la había matado, el ser al que más amaba sobre este mundo, si a eso se le podía llamar amor. La única persona que había encendido en él la pasión reprimida, que a los ojos de los demás era locura.

¡Pero ellos no entendían! No sabían nada de él ni de ella, de cómo se amaban. No tenían derecho a opinar. No eran dignos de ellos, de su amor, de su felicidad. Por que los demás estaban celosos de su felicidad. De todo lo que pudieron lograr juntos, de lo que vivirían. Celosos por que sabían que a su lado, él podía conquistar el mundo. ¡Todo lo que habría hecho con ella!

No le había dejado opción. Se amaban, pero ella no podía ver tampoco de que manera. Había permitido que los demás la cegaran de las posibilidades. Lo que podría ser, lo que él le ofrecía. Pero prefirió al director de quien sabe que empresa importante. Se fue de su lado, sabiendo que con él podía alcanzarlo todo. Lo que pudo haber sido a su lado, feliz, amada, eterna, hermosa, viva. Por siempre suya, felices hasta el fin.

Las gotas comenzaron a azotarse contra la sucia ventana del cuarto como desquiciadas exigiendo entrar. El frío de la noche aceleró el congelamiento de la mujer. Él la tapó con la misma sábana ensangrentada, acarició su cabeza y besó su cuello. Un relámpago iluminó la habitación seguido del rugido furioso del trueno que retumbó sobre la ciudad dormida. Se apretó aún más a ella y quitó delicadamente los cabellos de su oreja. Una sonrisa torcida y demente se dibujo en su boca y la abrió para canturrear una canción que había escuchado en la radio esa tarde cuando la fue a buscar.

“I used to roll the dice, feel the fear in my enemy’s eyes. Listen as the crowd would sing ‘Now the old king is dead! Long live the king!”




m.melon

El padre Kabeza


Cuando tenía como 15 o 16 años quería ser sacerdote.
Estuve 9 años en una escuela religiosa en donde te aleccionaban a punta de amenazas de visitar el infierno y perder el alma para siempre. Donde uno en su inocencia y candidez no sabía de ciertas cosas de la vida, pero ya te estaban advirtiendo de lo malo que eran. Era un lavado de cerebro muy eficaz.
A pesar de todo esto, tengo muy buenos recuerdos de esta escuela y ahí hice a grandes amigos que aún conservo.

Pero al salir, ingresé a una preparatoria pública en donde en cada salón habían tres veces más estudiantes que en la pasada escuela. Osea, eramos una multitud de pubertos deformes con acné en plena edad de la punzada. Y obviamente la mayoría no venían de escuelas religiosas, y pues estaban un tanto, eh... pues... descarriados.
Fue entonces que en mi cerebro de adolescente vengador se debatían toda clase de cuestionamientos éticos y existenciales.

¿Por qué si en la escuela me dijeron que tal y tal cosa estaba mal, aquí la mayoría lo hace?
¿Por qué la gente no sonríe? ¿Por qué las armas en las manos? ¿Por qué los hombres malheridos? ¡Dímelo Dios, quiero saber! ...eh, algo así era mi atormentada mente.
Entonces pensé ¿qué hacer? Y aunque tenía muchos amigos, siempre fui un tanto solitario y meditabundo, entonces pensé que quizá ser sacerdote era más o menos como ser pintor: Un trabajo holgado, sin horarios y sin prisas.
En unas vacaciones, les comuniqué a mis padres mi decisión y contundentemente me contrataron unas prostitutas para que... ok, no me contrataron nada. Nomás me ignoraron y rezaron mucho para que se me quitara lo mocho.

Afortunadamente funcionó y aprendí a fumar, una chava me hizo caso (después ya no, pero sigo intentando), probé de todo y sin medida y fui gavilán por querer ser paloma, que aunque no rima, es mejor.

Sin embargo a veces, mientras peco mortalmente, me pregunto ¿y si no me hubiera pasado al lado oscuro?...

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